sábado, 4 de julio de 2015

MI MAMÁ ME DIJO....






Mis años en este mundo me han enseñado muchas cosas. Pero una de las lecciones que más me costó aprender fue que las madres, siempre tienen la razón. ¡Siempre! Ellas son nuestros oráculos garantizados y lo mejor es que no necesitan ni tirarnos las cartas para saber adivinar nuestro futuro. ¡La gran pena es que nunca le hacemos caso!

Ellas tienen la sabiduría para interpretar los cambios climáticos  que ni los antiguos mayas ni los modernos meteorólogos lograron perfeccionar. No sé si interpretan las formas de las nubes o tienen un chip secreto incorporado para medir la velocidad del viento, pero lo cierto es que por más soleado que este el día, si te dicen lleva un paraguas, llévalo y si te piden que te pongas un saquito antes de salir, por más de que hagan 40 grados a la sombra, ¡ponételo!

Pero donde más se manifiesta su destreza premonitora es a la hora de evaluar futuros ex maridos. Desde el día CERO ellas ya huelen que hay un huevo podrido en ese adorable dulcecito que estamos llevando por primera vez a casa. Ni bien lo ven, su radar ya empieza a sonar incriminatoriamente. En ese preciso momento nuestras madres empiezan aquel interrogatorio que nos suele volver locas de la vergüenza. Sin merodeos empiezan a preguntarle al más puro estilo FBI donde vive, quienes son sus padres, a qué colegio fue, que planea hacer en el futuro, qué religión profesa, y toda aquella información que consideran perentoria para hacer su evaluación final de potabilidad del nuevo candidato. 

Hasta ese momento para ellas el sujeto interrogado aún no califica para la categoría de “candidato” ni siquiera “amiguito”, siendo referido solamente como “el chico ese”.  El futuro apelativo del “chico ese” variará según sus respuestas al interrogatorio. Si contesta que es de “4 mojón”, que se graduó en la escuela Nº502155458, que es ateo y que aspira a ser Licenciado en Técnica Mixta en la Universidad Autónoma del Manguruyú, definitivamente pasará a ser conocido como “el arrimado”. Si contesta que es de Sajonia, que recorrió todos los colegios de la capital, que profesa el satanismo y que quiere abrir un bar de metal, pasará a ser conocido como el “badulaque” y si contesta que es de Manorá, que fue al San Andrés, es católico apostólico romano y quiere ser neurocirujano pediátrico automáticamente califica para ser el “novio a casarse” o “candidatazo”.  Si las cosas no prosperan con el “candidatazo” tu madre seguirá añorando al candidato perdido refiriéndose a él como “Pedrito” “Jorgito” o “Josecito” con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta, porque lo dejaste escapar por tarada. 

Una vez que dejaste escapar al candidatazo seleccionado por tu madre, éste se convertirá en la vara con la cual medirá a todos los futuros “candidatos” y quienes por su puesto jamás le llegarán ni a los talones. Jamás dejarán de reprocharte por haber sido tan pelotuda en perder semejante partido.  El fantasma de “Josesito” seguirá vigente hasta bien entrado tu segundo divorcio y pasará a ser el “fantasma de lo que pudo haber sido”. Tu madre no desaprovechará ninguna oportunidad de restregarte tu mala decisión en cada nueva catástrofe sentimental que surja en tu vida.  Lo adorará tanto que llegarás a dudar si la enamorada no era ella. 

Cuando en nuestra vida sentimental, en vez de encontrar medias naranjas, nos toca encontrar limones a cacharrata, nuestras madres no desaprovecharán la oportunidad para hacernos saber que ellas nos avisaron desde un principio que con ese limón no llegábamos al limoncello. El popular “¡yo te dije luego!” pasará a resonar en sus labios per secula seculorum. Es que ellas saben de entrada que no estamos ante un candidato potable. Pero lastimosamente las hijas tendemos a desoír a nuestras madres ante este tipo de advertencias. Nunca les damos la razón. Le encontramos 1000 excusas para seguir apostando por nuestro limoncillo. Fast Forward a 5 años después, un divorcio, un corazón roto y todas las ilusiones perdidas. Recién ahí nos damos cuenta de que el limoncillo no daba ni para margarita ni para caipiriña, apenas a penas para un shot de margarita con limón y sal. Ahí no nos queda otra que suspirar y lamentar no haberle hecho caso a nuestra madre, cuando 5 años antes vaticinó este resultado. 

Por más de que el único motivo que arguyan  nuestras madres sea el habitual “mi hija, este chico no es para vos”, háganle caso, que este motivo suele ser más que suficiente para que la relación termine mal a la larga.  Algo en su corazoncito está vibrando alertas multicolores. Las madres lo saben por algo. Es casi instintivo en ella. Indiscutiblemente todas las madres tienen el man-dar recontra más afinado que nosotras y es hora de que dejáramos de contradecirlas porque sí y las escucháramos un poquito. 

Deberíamos prestar más atención a sus consejos sentimentales. Al fin y al cabo ellas no tienen ningún otro interés más que vernos felices y comiendo perdices. Ellas saben muy bien que el corazón no siempre escoge bien, y tiende a entontecer a nuestra cabeza. Enamoradas simplemente no pensamos bien. En esos casos suelen ser nuestras madres quienes emiten la voz de la cordura que nos negamos a escuchar. ¡Imagínense cuántos dolores de cabeza (y de corazón) nos ahorraríamos si las escucháramos en esos momentos!

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