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martes, 5 de agosto de 2014

FASHION ICON: ROBBERT PATTINSON




Robert Pattinson nació en Londres en 1986, hijo de un importador de vehículos y una modelo, y asistió a la prestigiosa Harrodian School, dónde formó parte del Barnes Theatre Club, el programa de teatro de esta escuela privada y empezó a coquetear con la actuación. Antes de convertirse en actor trabajó como modelo. Su primer rol importante fue el de Cedric Diggory en “Harry Potter y el Cáliz de Fuego”, a la edad de 19 años. Luego vuelve a aparecer en “Harry Potter y la Orden del Phoenix” pero ya sólo en flashbacks. A pesar del éxito de estas películas, su rol más importante no fue el de Cedric sino el del adorable vampiro Edward Cullen en la serie “Twilight”, papel que lo catapultó a la fama y lo convirtió en un ídolo femenino. Twilight también le permitió mostrar al público su lado musical ya que grabó dos temas interpretados en guitarra por Pattinson para la banda sonora del film. 

Polifacético, sexy y elusivo, Pattinson es ya todo un sex symbol que despierta pasiones en mujeres de todas las edades. Su estilo personal es tan admirado como su apariencia física, lo que le ganó estar en el top 5 de la lista de los hombres mejor vestidos de la revista GQ continuamente desde el año 2010.

Sin quererlo, Pattinson es ya todo un propulsor de tendencias. Sus cabellos despeinados que parecen estar acomodados al descuido (y que probablemente de hecho lo están) es imitado por miles de hombres que pasan horas frente al espejo para peinarse de manera despeinada.

Ese adorable descuido que exhibe en su cabellera también lo extiende a su manera de vestir. En su día a día muestra debilidad por prendas low key, jeans, remeras y camisas desabrochadas. Llevándolas de una manera absolutamente relajada y cool. Mas cuando la alfombra roja lo requiere, aparece trajeado, peinado, pulcro y perfecto, logrando mantener siempre la apariencia de no prestarle mucha atención a su apariencia. También en estas ocasiones de destaque, siempre logra imprimirle a su look un aire atrevido y fuera de lo común, prefiriendo trajes en colores atípicos como el borgoña o el azul marino. Ya sea al descuido o prolijo, Pattinson, su espíritu rebelde siempre sale a flote, gracias a su aire de nonchalance.
Recientemente fue revelado que Robert Pattinson fue elegido como el nuevo rostro de la fragancia Dior Homme. Pattinson hasta ahora había tenido por costumbre rechazar cualquier oferta publicitaria al temer que pudiera tener algún efecto negativo en su imagen de actor. Sin embargo ser imagen de Dior es una oferta que nadie desaprovecharía, pues esta casa siempre ha estado asociada a lo mejor del estilo y la elegancia. 

En la campaña fotográfica y el maravilloso video comercial, Pattinson se presenta con su habitual estilo relajado y seductor, reflejando la clase y masculinidad que siempre han caracterizado a Dior Homme y agregando un poco de su propio espíritu libre y rebelde.

Robert Pattinson, a pesar de su juventud y reciente ascenso a la fama, se ha ganado ya por derecho propio el honor de ser todo un ícono de estilo. Robert es uno de los pocos actores que logran mostrase elegantes con naturalidad y hasta mostrando cierta despreocupación por su apariencia. Sin ser para nada un metrosexual obsesionado con su aspecto y su imagen, Pattinson destila litros de estilo, ubicándose en la línea de legendarios actores e íconos de estilo como Marlon Brando, James Dean y Paul Newman. Indudablemente, Robert Pattinson encarna a la perfección al hombre de Dior, mostrándose como un hombre cuya personalidad se eleva por encima de cualquier artificio, enamorando a la cámara y robándose los corazones del público femenino con su aire viril, natural, rebelde y seductor.
 

Fresas y Chocolate al paladar




Muchos asociamos esta combinación de sabores a uno de esos pequeños placeres de la gastronomía postrera, relegada siempre al final del menú, con mucho de despedida y  también mucho de premio. 
Pero en 1994 esta combinación de gustos tan común, se convirtió en título de una gran película y a la vez en metáfora de diversidad. Con el título “Fresas y Chocoalte”, los directores de cine cubano Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, llevan a la gran pantalla la bella historia contada en la novela “El Lobo, el bosque y el hombre nuevo” de Senel Paz.

Esta película, que habla sobre la amistad entre un hombre homosexual y un joven heterosexual en La Habana durante los años ochenta, trascendió fronteras y se ganó la primera y única nominación al Óscar del cine cubano (hasta la fecha). Quien no la vio en su momento, seguramente la vio después, ya que se convirtió en un clásico instantáneo del gran cine latinoamericano. ¿Quién no podría enamorarse de esta historia tan bien narrada, tan simple y a la vez tan compleja, con diálogos que llevaban con una sutileza increíble de la risa a la reflexión? 

De manera tan sencilla como los gustos de su título, la película nos habla sobre las diferencias, pero principalmente sobre cómo se puede convivir perfectamente con lo diferente, así como conviven de maravillas en un cono dos gustos tan dispares como el chocolate profundo y goloso y la frutilla fresca y ligera. 

Al inicio del film, el protagonista gay Diego, intenta seducir a David, un hombre heterosexual y comunista en Coppelia, la heladería más tradicional y famosa de La Habana. Saboreando una cucharada de helado como si fuera una experiencia enteramente sensual (de lo cual indiscutidamente tiene mucho), Diego exclama: “No puedo resistir la tentación…. Me encanta la fresa! Umm… es lo único bueno que hacen en este país. Ahorita lo exportan, y para nosotros, agua con azúcar!” 

Así se nos presenta Diego, la fresa de la película, este personaje tan entrañable, entre lo pícaro y lo subversivo, leyendo a autores enemigos de la revolución cubana, saboreando whiskies del mercado negro y escuchando con pasión a María Callas mientras exclama “Dios mío, que voz! ¿Por qué esta isla no da una voz así? ¡Con la falta que nos hace otra voz!”

Diego, se había creado su propio refugio en medio de ese mundo de represión, intolerancia y escasez. Cuando recibe por primera vez a Diego en su casa, a la que denomina “La Guarida”, le advierte que es un lugar donde no se recibe a todo el mundo. Claramente es un universo personal, un lugar que ofrece amparo y libertad de leer, de oír, de beber lo prohibido, pero principalmente un lugar que se abre al diálogo que empieza a fluir entre los personajes tan dispares de Diego y David. 

En la guardia, como antes en Coppelia convivieron tan armoniosamente los helados de fresa y chocolate, empiezan a derretirse las dicotomías entre homosexualidad y heterosexualidad, entre nacionalismo y antinacionalismo, entre socialismo y antisocialmismo, entre el poder y la libertad.

El éxito del film llevó a muchas personas a buscar la Guarida de Diego, convencidos de que se trataba de un lugar real en La Habana. De alguna manera siempre lograban encontrar la dirección de la locación de la película (Concordia N° 418) y terminaban en la casa de Enrique y Odeysis Nuñez del Valle, quienes alentados por la legalización por parte del gobierno cubano de los restaurantes privados, que en Cuba son llamados Paladares, decidieron dejar de desilusionar a tantos turistas que llegaban desde tan lejos para buscar un pedacito de La Guarida de Diego, y emprendieron la aventura de transformar su casa en una Paladar inaugurado en 1996 con el nombre de “Paladar La Guarida”. 

En este hermoso restaurante, ubicado en un palacete de inicios del siglo XX tan lleno de magia y en pleno corazón de la ciudad, Enrique y Odeysis lograron mantener  viva la historia de Fresa y Chocolate y también mantener viva la ilusión de quienes buscaban la realidad detrás de la ficción.

Como todo buen restaurante, no subsiste sólo de encanto. Le ayuda la excelente gastronomía, que pone a prueba el dicho popular cubano: “los tres grandes éxitos de la revolución han sido la salud, la educación y el deporte; y sus fracasos el desayuno, el almuerzo y la cena.”

martes, 12 de marzo de 2013

Old Hollywood Glamour




La palabra glamour originalmente se utilizaba para describir a un hechizo que hacía creer a una persona que otra era atractiva. O sea que este hechizo idiotizaba al sujeto e idealizaba al objeto. A fines del siglo XIX el término se utilizó para referirse algún accesorio que realzaba la apariencia de alguien haciéndola ver más atractiva.

Pero fue en la era dorada de Hollywood cuando la palabra adquirió su acepción definitiva y se empezó a utilizar profusamente para referirse a la atracción y fascinación que una apariencia lujosa y particularmente elegante genera en los demás de hacerlos parecer mejores que en la realidad. Es que la industria cinematográfica se dio cuenta de que necesitaban glamorizar a sus estrellas para que generaran un mayor impacto en el público. Porque antes de que prosigamos, es importante que entiendan que el glamour, al contrario de la inteligencia y la belleza, es algo que se crea. Toda persona glamorosa ha trabajado para crear su propia imagen.

Por entonces los grandes estudios contrataban a sueldo fijo a las estrellas de la época para que trabajaran exclusivamente en sus películas. Al estar bajo contrato, los estudios producían la imagen entera de estas estrellas, transformándoles de pies a cabeza, cambiándoles los nombres  y sobre todo la apariencia. Los estudios acuñaron un sistema para volver glamorosos a sus actores. La transformación empezaba con el nombre. Así Norma Jean Mortenson se convirtió en Marilyn Monroe, Margarita Cansino pasó a ser Rita Hayworth y Betty Joan Perske obtuvo el glamorosísimo nombre de Lauren Bacall. Los hombres también tuvieron que hacer más glamorosos sus nombres, y así Issur Danielovitch pasó a llamarse Kirk Douglas y Archibald Leach se convirtió en Cary Grant.

Otro eje de la conversión era la distancia. Los estudios se dieron cuenta de que para que el hechizo funcionara, sus estrellas deberían parecer como si estuvieran a miles de kilómetros de la realidad ya que la familiaridad desgasta. Ellos debían estar como en otro plano, inaccesibles, lejanos de toda cotidianeidad, y totalmente desvinculados del día a día de los comunes mortales. Esta distancia era  necesaria para deificar a los sujetos, mediante ella los actores y actrices del viejo Hollywood adquirían una vida idealizada, que nada tenía en común con la de la gente ordinaria. Ellos no iban al mercado, para atenderlos las tiendas cerraban sus puertas; ellos llevaban estilos de vida glamorosos, desayunaban champagne y no resultaba imposible imaginar que decoraran sus arbolitos de navidad con diamantes. 

El misterio también era vital. Como el glamour requería de una imagen fabricada, los estudios creaban historias fantásticas sobre sus estrellas. Les inventaban pasados idealizados, adaptados a la perfección a la imagen que querían atribuir a sus estrellas. Lo fantástico es que siempre sabían el punto justo hasta el cual podían llegar con estas idealizaciones, sin llegar a pasarse jamás hasta el punto de que las personas ya no pudieran identificarse con ellas. Encontraban el punto justo para crear historias en  las cuales las situaciones jamás eran tan opacas hasta el punto de cubrirlo todo, ni tan transparentes para exhibirlo todo (como sucede hoy en día). El glamour era simplemente traslucido, mostrando sólo aquello que debía mostrarse, o sea, lo positivo. 

La imagen de las estrellas era vital. Esta imagen no acababa con su aspecto físico, extendiéndose además a sus vidas privadas. Cuando las cosas no marchaban bien, los estudios se encargaban de encubrir la situación. Si un actor empezaba a generar dudas sobre su orientación sexual, le proveían rápidamente de una esposa. Si una pareja de actores estaba en plena guerra marital, se encargaban de desmentir el asunto proveyendo fotos familiares idílicas y si una de sus estrellas se metía en un lío que podría afectar su carrera eran los primeros en salir en su auxilio. Fue muy famoso el caso de la muerte del marido de Jean Harlow, quien se cree había sido asesinado por una amante celosa con un tiro en la cabeza. Los encargados de la seguridad de la MGM llegaron al sitio antes que la policía y fabricaron una nota de suicidio  para hacer creer que su marido se había suicidado debido a su impotencia, ¡salvando de esta manera la dignidad de su estrella!

Pero donde el glamour se hizo más notorio fue en la apariencia física de las estrellas. El star system de la época se especializaba en dotar a todas las estrellas de un glamour externo fríamente calculado hasta en el más mínimo detalle. Lo primero que hacían era sacarles fotos magníficas, creando un estilo fotográfico llamado glamour photography, traducido a fotografía de glamour. En ellas todo estaba ideado para realzar la belleza de sus sujetos, poniendo énfasis en su sensualidad y encanto, valiéndose del vestuario, el  maquillaje, el estilismo, el ambiente y los accesorios empleados en el retrato. Si querían que una estrella se viera saludable, juvenil y vital la fotografiaban practicando un deporte al aire libre, si querían una imagen más inocente la fotografiaban con aves y animales pequeños para generar ternura, si querían dotarles de una imagen más sensual, la fotografiaban con lencería y estolas de piel.

Increíblemente, sin la ayuda de medios digitales disponibles hoy en día como photoshop, fotógrafos como George Hurrell, Man Ray y Cecil Beaton perfeccionaron el arte de retratar a sus sujetos como si fueran dioses, perfectos hasta en el más mínimo detalle, con una iluminación tan mágica que era capaz de generar glamour instantáneamente con sus juego de sombras en blanco y negro. Supieron exaltar las formas de sus sujetos, retratándolos desde el ángulo perfecto, bajo la luz ideal para imprimirles un sello de glamour que sería imborrable por el tiempo, fijando sus imágenes idealizadas para siempre en el celuloide de manera a que trasciendan.

Según el gran cineasta de la época Josef von Sternberg “El glamour es el resultado del chiaroscuro, el juego de las luces sobre el paisaje del rostro, el uso de lo circundante a través de la composición, a través del aura del cabello y la creación de sombras misteriosas en los ojos. En Hollywood estrellas tan distantes entre sí como Marlene Dietrich, Carole Lombard, Rita Hayworth y Dolores del Río, poseen y adquieren glamour, la técnica y la voluntad de refinar su propia belleza. Son la magia indescifrable del cine, la substancia de los sueños de una generación y del encuentro admirativo de las siguientes.”

Estas estrellas lograron perfeccionar con la ayuda de sus estudios y fotógrafos un allure tan fuerte capaz de mantenerse vigente hasta nuestros días, convirtiéndose en la epítome misma de lo que es el glamour. No es de extrañar que las estrellas contemporáneas intenten imitarlas en sus grandes apariciones en la alfombra roja, peinándose, maquillándose y vistiéndose al estilo de las grandes estrellas de antaño para ver si adquieren, como por arte de magia, un poquito del glamour que éstas tenían.

La Dolce Vita: El arte del estilo de vida italiano




Convengamos que los italianos saben hacer mucho más que pizza y pasta. Si bien su cultura, gastronomía, tradiciones, hermosas ciudades y magníficos monumentos, ya son motivos de sobra para admirarlos, no podemos dejar de admitir, que también amamos su manera de disfrutar la vida.

En 1960, se estrenó “La Dolce Vita” de Federico Fellini, película que desde entonces representa el estilo de vida despreocupado de los italianos. Roma, la ciudad eterna se convierte en un entorno idílico para disfrutar del dolce far niente, contagiando tanto al bien romano Marcello (Marcello Mastroianni) como a la escultural sueca Silvia (Anita Ekberg), quien no duda dos veces en refrescarse en la Fontana di Trevi dejándose llevar por sus instintos, sus caprichos, su pasión.

Si bien la cinta es un ensayo de existencialismo que toca temas profundos, complejos, donde se aborda al amor, a la incomunicación, al éxtasis frente a la sensualidad, en nuestra memoria colectiva la vemos como un registro de la vida algo frívola pero absolutamente sofisticada de aquella Roma de los años sesenta, una oda a la dulzura de la vida y un testimonio de entrega total al placer, al disfrute, al goce de la buena vida. Queda entonces en nuestra memoria como un tesoro de imágenes, con una imagen imborrable de Anita Ekberg en aquella mítica escena de la fuente, rindiéndose, cual diosa pagana al puro deleite de dejarse llevar. Fellini también nos deleita con su retrato de aquel hombre romano, seductor, elegante, reflexivo y carismático, coqueteando eternamente entre lo frívolo y lo substancial y entregado totalmente al ritmo dionisiaco de la vibrante Roma.

Recordemos que esta Italia era una Italia que se estaba despertando finalmente del sopor del fascismo, que se estaba poniendo de pie tras una guerra, revelándose ante años de represión, desesperanza y las rígidas estructuras moralistas de la Iglesia Católica. La Dolce Vita muestra a una Italia que estaba volviendo a vivir, volviendo tal vez su pasado más pagano y libertino, respirando profundas bocanadas de locura, abrazando la superficialidad, el goce puro y todas las imperfecciones de la vida en un constante entrelazado de tragedia y alegría, drama y diversión, así como se nos presenta la vida cada día.

Una frase de la película nos deja con una gran reflexión: “deberíamos poder amarnos mejor”. Si, deberíamos amar también mejor a la vida, disfrutarla plenamente, conscientes de que las preocupaciones existen y son inevitables, pero que a veces es convenientes dejarlas a un lado y entregarse al disfrute. Los italianos, al menos en nuestra manera de verlos, parecen haber dominado este arte. El arte de extraer la dulzura de la vida a pesar de los quebrantos y las eventuales amarguras. 

Cómo vivir la Dolce Vita:

La Dolce Vita es en italiano “la buena vida”, una forma equilibrada que proporciona placer, satisfacción y felicidad. Los italianos practican de muchas maneras este arte cotidiano del buen vivir: con su gastronomía, con su arte, con su manera de ser, hasta con su forma de expresarse y de vestirse. Es imposible no amar sus sonrisas y su estilo de vida descontraído y elegante. 

1. Opten por el lujo simple. Para los italianos la elegancia es algo natural, algo que se vive de manera sencilla y sin complicaciones. Tal vez su propia experiencia cotidiana, los ha hecho estar tan acostumbrados a rodearse de arte y belleza arquitectónica que lo natural sea que elijan también rodearse de ella en sus hogares, en su día a día. Pero recuerden, lujo no es comprar 10 pares de zapatos de un tirón. Es elegir un par perfecto. 

2. Disfruten de la mesa y de la sobremesa. La comida no es solo para nutrir el cuerpo. También son una oportunidad para nutrir el alma, para celebrar a los amigos, a la familia, a la pareja. En Italia la vida gira en torno a la comida. Los italianos aman comer –algo que se evidencia en sus interminables conversaciones sobre comida, platos, recetas, vinos, bebidas. No es de extrañar que se tomen dos horas de almuerzo (a veces más), porque no sólo disfrutan sus pastas, sino también de la compañía. La dolce vita es saber tomarse un tiempo para comer tranquilos, comer bien y en buena compañía. Es relajarse tras el último bocado con un café o unos traguitos con los amigos, sin prisa entregándose al saludable hábito del chiacchierare  o charlar en la sobremesa.

3. Háganse de tiempo para ustedes mismos. No todo es trabajo en la vida. Los italianos lo saben muy bien. Dense tiempo para vivir, para disfrutar. Unas horas para leer un buen libro, para encontrarse con los amigos, para salir a caminar, pasear, practicar algún deporte, entregarse a alguna de sus pasiones. Es muy fácil distraerse con el trabajo, con las obligaciones y olvidarse de sí mismo. Pero la vida carece de sentido si no la sabemos disfrutar. Vivir la dolce vita significa hacer justamente, cada vez que puedan, aquello que más les gusta.

4. Vivan nuevas experiencias. No hay nada mejor que un viaje para vivir nuevas experiencias. Los viajes nos permiten cambiar de perspectiva, explorar cosas nuevas y ver al mundo de manera diferente. Cambien sus rutinas y sean espontáneos. Los italianos saben hacerlo como ninguno. No sólo se toman todo el mes de agosto, pero cualquier feriado largo o fin de semana ya es suficiente para escaparse un par de días al campo, al mar o a la montaña.

Todo en la vida se disfruta mejor con calma. El verdadero sentido de la Dolce Vita es saber darse tiempo para saborear esa dulzura, disfrutar el estar vivos y gozar de la sencilla belleza de la vida misma.