viernes, 8 de octubre de 2010

UN DULCE TAN LIGERO COMO LA PAVLOVA

 

En su época, la bailarina rusa Anna Pavlova fue considerada lo mejor que haya dado jamás la historia de la danza. Se podría decir que fue la primera bailarina clásica de fama internacional, pues trascendió las fronteras de su Rusia natal. Recorrió los escenarios más importantes del mundo bailando; encantando a los espectadores con su etérea y frágil apariencia, con su expresivo rostro de imponente belleza y aquella fuerza que le salía del alma inundando a su cuerpo entero mientras bailaba.

Su aspecto frágil y delicada figura le daban una apariencia etérea al bailar. La plasticidad de su cuerpo y la gracia y ligereza de sus pasos le daban una levedad nunca antes vista sobre el escenario. Sus aptitudes técnicas y grandes dotes interpretativos la convirtieron en el ideal de las bailarinas, cambiando para siempre la imagen de las bailarinas de ballet, las cuales antes de su aparición sobre las tablas eran más robustas y musculosas.

Convertida en Prima Ballerina Assoluta del Ballet Imperial ruso, compartió el escenario con el gran Nijinski, con quien interpretó dúos que hasta hoy en día son recordados por su magia. Su carisma y perfección técnica hicieron que su nombre se convirtiera en sinónimo de gracilidad y ligereza.

Cuentan que verla bailar inspiraba al público. Para ella, Mikhail Fokine creó el solo de ballet más famoso de todos los tiempos: “La Muerte del Cisne”, sobre la música del Cisne en el “Carnaval de los Animales” de Camille Saint-Saëns. Esta coreografía era muy exigente pues requería de mucha fuerza y habilidad. La Pavlova movía sus brazos como alas, bailando todo el tiempo sobre sus puntas de pie, debilitándose progresivamente hasta quedar completamente inmóvil al colapsar sobre el escenario. Su aleteo frágil y vibrante a la vez, sumado a la incomparable velocidad de sus pies emocionó profundamente al público, pues no solo vieron a una bailarina interpretando al cisne, sino a la representación perfecta de la fragilidad de la vida y de la pasión con la cual uno se aferra a ella.

Pero la Pavlova no solo inspiró al mundo de la danza y la música. También inspiró a un repostero que tras quedar impresionado al verla bailar, le dio una dedicación especial en la forma de un ligero postre: las famosas pavlovas.

Todo ocurrió durante la gira que hizo la bailarina rusa por Australia y Nueva Zelanda en 1926. El chef del hotel de Wellington donde se alojaba la bailarina creó un postre inspirado en la ligereza de su danza y en el vaporoso tutú de la bailarina. El anónimo chef autor de este conocidísimo postre bautizado en su honor, se inspiró en el traje que llevara la bailarina durante su actuación: un traje blanco que tenía el corpiño bordado con capullos de rosas bordeados con pequeñas hojas verdes. Rellenó una crujiente corona de merengue con una vaporosa nube de crema chantilly y lo cubrió con frutillas y kiwis, creando así este postre tan ligero como la Pavlova.

Pero, como suele ocurrir en estos casos, esta no es la única versión sobre el origen de la pavlova. Los australianos también se atribuyen su autoría, disputándose la creación de este postre con sus vecinos australianos.

Según la versión australiana, el postre fue creado en 1935 por el chef Herbert Sachse del Hotel Esplanade, ubicado en Perth, Australia. Al probarlo uno de encargados del hotel exclamó: “¡Es tan ligero como la Pavlova!”, y así fue bautizado en honor a la gran prima ballerina assoluta Anna Pavlova, quien había estado alojada en este hotel durante su segunda gira Australiana de 1929.

A pesar de la controversia sobre su origen, todo parece apoyar a la primera versión. Keith Money, biógrafo de la bailarina, en su libro de 1982 “Anna Pavlova: Su Vida y Arte”, hace referencia exclusivamente a la versión neozelandesa del postre. Además la receta apareció en una revista de cocina neozelandesa de 1927 ya con el nombre de “Pavlova”.

Sea cual fuere el origen de este postre, en lo que todos coinciden es en que este postre que sobresale por su vaporosa dulzura y ligereza, fue inspirado en la gran estrella del ballet ruso: Anna Pavlova.

El bello cisne que inspiró tantas pasiones y dulzuras falleció en La Haya el 23 de enero de 1931. A pesar de sus 49 años, continuaba bailando e interpretando su famosa “Muerte del Cisne” siendo aclamada en los escenarios del mundo. Una grave pleuresía que contrajo durante su última gira, la obligó a cancelar la que debería ser su última función, algo que jamás había hecho en todos sus años de carrera. Media hora antes de morir, preocupada creyendo que tenía que bailar aquella noche, pidió con una voz que parecía un suspiro “Traedme mi vestido de cisne… tocad aquel último compás muy suavemente.” Estas fueron sus últimas palabras. Al día siguiente de su muerte la compañía con la que debía haber actuado cumplió con la función del “Lago de los Cisnes”. Siguiendo una antigua tradición del ballet, al llegar el momento de “La Muerte del Cisne”, el maestro, volviéndose al público anunció: “Y ahora la orquesta interpretará “La Muerte del Cisne” en memoria de Anna Pavlova. Mientras la orquesta tocaba, el telón se abrió sobre el escenario oscuro y vacío en el cual un reflector alumbraba el lugar donde debería haber estado bailando el inmortal cisne.


RECETA:

INGREDIENTES:
•   4 claras
•   20 cucharadas de azúcar
•   1 cucharadita de vinagre
•   1 kg de frutillas y kiwis
•   1/2 litro de crema de leche

PREPARACIÓN:
Batir las claras con 12 cucharadas de azúcar, agregar el  vinagre y seguir batiendo hasta obtener un merengue bien firme. En una placa enmamtecada y enharinada, apoyar una cucharada del merengue y hacer un círculo de 10 cm de diámetro y 3 mm de espesor. Para esto utilizar el revés de una cuchara. Hacer varios discos. Cocinar en horno muy bajo hasta que estén apenas dorados (1 hora aproximadamente) Una vez fríos, armar el postre, alternando con  crema chantilly (crema batida con 4 cucharadas de azúcar) y frutillas y kiwis fileteados. Salsear con coulis de frutillas (1/4 kg de frutillas procesadas con 4 cucharadas de azúcar).  Los discos de merengue se pueden comprar ya hechos.

ROSSINI: UNA DELICIOSA SINFONÍA


El apetito es la batuta que dirige la gran orquesta de nuestras pasiones.”
Gioacchino Rossini

Gioacchino Antonio Rossini nació en Pesaro, Italia en 1792 y transcurrió sus días creando las más bellas melodías. Su enorme talento y genialidad se hicieron patentes desde temprano. Compuso su primera ópera a los 14, estrenando la primera en Venecia cuando contaba con solo 18 años. Las magníficas óperas que compuso en el transcurso de su vida le ganaron éxito y fortuna.

Sin embargo la música no era lo único que apasionaba a Rossini. Tras sus exitosas óperas “El Barbero de Sevilla”, “Otelo” (1816) y sobre todo “Guillermo Tell” (1829), Rossini que por entonces contaba con solo 38 años y ya había compuesto alrededor de 39 óperas, así como numerosos himnos, cantatas y obras religiosas con las que había alcanzado la fama internacional, decide darse a sí mismo una especie de jubilación anticipada, para dedicarse a disfrutar de los placeres de la vida y sobretodo a otra de sus grandes pasiones: la gastronomía. ¡No en vano tantos restaurantes y platos llevan su nombre!

Al llegar a Paris por primera vez en 1823 le precedió la fama de su genio, lo que le permitió codearse con los nobles e intelectuales franceses como Anthelme Brillat-Savarin, Alejandro Dumas, entre otros.  En este ambiente conoció a quien se convertiría en su gran amigo: Antoine Carême, el famoso cocinero y gastrónomo francés, quien tras haber trabajado para los personajes más influyentes de la época, dirigía por ese entonces las cocinas de los Rotschild, donde conoció al compositor, ya que cada vez que este último era invitado a cenar a esta casa, lo primero que hacía era dirigirse a la cocina para saludar al chef y robarle algunas recetas y consejos gastronómicos. Mediante estos encuentros se fue forjando una gran amistad, que duraría años, hasta el regreso de Rossini a Italia. Pero ni la distancia logró cortar la amistad. Un ejemplo de esto ocurrió cuando Carême le envió un paté de faisán trufado a Bolonia para el disfrute de su gran amigo, con una sencilla nota: “De Carême a Rossini”. El maestro no se quedó atrás, respondiendo a este detalle componiéndole una pieza musical titulada “De Rossini a Carême”.

Anteriormente en Francia solo se conocían los macarrones dulces de pasta de almendras, introducidos por los cocineros de Catalina de Medicis. Seguramente fue gracias a Rossini, quien no dudaba en dar detalladas indicaciones a los maîtres sobre la manera en que prefería que se le preparasen los platos y que además amaba los macarrones en su versión de pasta salada, que durante su estadía en Francia se acabasen popularizándolos allí.

Rossini, además de tener un paladar exquisito, se destacaba como cocinero. Uno de sus platos preferidos eran los macarrones a los que tras cocer la pasta, y una vez que los macarrones quedasen suficientemente grandes, casi como canelones, les inyectaba foie gras con una jeringa y los volvía a poner a calentar al horno. Otro de los platos que acostumbraba cocinar era paté de pollo con cangrejos  a la manteca.

Además de los macarrones, Rossini tenía otra gran debilidad: las trufas. Por este motivo, la mayor parte de los platos que llevan su nombre son generalmente a base de trufa. Según Burton Anderson, autor del libro “Treasures of the Italian Table”,  Rossini prefirió siempre los Tartufi bianchi d’Alba o trufas blancas de su tierra natal, por encima de la trufa negra, más común en la gastronomía francesa. Cuentan además que en su vida lloró únicamente dos veces: cuando murió su padre, y cuando se le cayó por la borda del barco un pavo trufado. Esta situación es comprensible teniendo en cuenta que para el Maestro la trufa blanca era “el Mozart de los hongos”, por su sabor intenso y glorioso aroma.

Aparte de cocinar, a Rossini le encantaba recibir invitados en su casa y compartir con ellos veladas musicales rematadas en opíparas cenas. Cada semana agasajaba a sus selectos invitados  con sus “sábados musicales”, reuniones a las que invitaba a cenar a dieciséis personas a su casa, las cuales debían asistir vestidos de gala. El compositor ponía especial esmero en atender a sus invitados, no solo sirviéndoles exquisiteces culinarias, sino también prestando atención a la vajilla y decoración de la mesa. A estas reuniones asistían verdaderas eminencias de la época como: Verdi, el príncipe Poniatowski, Alejandro Dumas, el Barón Rothschild, el Barón Haussmann, Franz Liszt, Gustave Doré, entre otros.

Explica su biógrafo Francis Toye en su libro “Rossini, el Hombre y su Música” que “En términos generales los alimentos muy condimentados no eran de su predilección. Le interesaban, más bien productos sencillos pero genuinos. Rossini, como Debussy, era un epicúreo; no un glotón como Brahms.” Como buen gastrónomo de gusto cosmopolita se hacía traer aceitunas de Ascoli, trufas italianas, panettone de Milán, stracchini de Lombardía, zampones de Módena, mortadela y cappelli del prete de Italia, jamón de Sevilla, quesos Stilton de Inglaterra, nougat de Marsella y sardinas royal.

Rossini, además de por sus pasión por la música y la gastronomía, también era conocido por su gran sentido del humor. Al respecto Radicciotti, su biógrafo, recogió varias anécdotas muy graciosas en su biografía del compositor, dos de las cuales compartimos en estas páginas:

Una vez, Rossini ganó en una apuesta un pavo trufado; pero el perdedor evitaba pagar la apuesta. El compositor lo fue a ver un día y le dijo:
–Ese famoso pavo, ¿cuándo se come?
–Sabe, Maestro, no es todavía la estación de las trufas de primera calidad.
– ¡Que no, que no! Eso es una falsa noticia que difunden los pavos para no hacerse rellenar.

En 1864, el Barón Rothschild le mandó como regalo unos racimos de las uvas de sus invernaderos, y recibió esta respuesta:
– ¡Gracias! Su uva es excelente, pero no me gusta mucho el vino en pastillas.
El Barón entendió la indirecta, y le gustó tanto este divertido comentario, que hizo mandar en seguida al Maestro una barrica de su mejor Chateau-Lafitte.

Según destaca Toye, el compositor “se tomaba la molestia de conseguir buenos vinos de todo el mundo, incluyendo los de países tan improbables como Perú. En sus años de madurez se mostraba desvergonzadamente orgulloso de su cava.” Y esto no era en vano, visto que la misma contenía botellas de su propio viñedo de las Islas Canarias, de Burdeos, vino blanco de Johannesburgo que Metternich le enviaba a Málaga, botellas de Marsala, así como Madeira y Oporto que le enviaba su gran admirador, el rey de Portugal.

El gran maestro se dio cuenta pronto de la excelente combinación que hacen la música y la buena mesa y disfrutó en su vida de una sinfonía con ambas. Rossini no sólo fue uno de los más grandes compositores de la historia, sino también un refinado gastrónomo. Si no hubiera sido opacado por su talento musical, sin duda hubiera sido considerado uno de los más grandes gastrónomos del siglo XIX. Queda claro que a Rossini no solo le debemos sus bellas composiciones, sino también algunos de los platos más exquisitos del repertorio culinario europeo.

RECETAS DE ROSSINI:

CANELONES ROSINNI
El relleno de carne se debe hacer salteándola con foie fresco, en una proporción de un 20 por ciento de la carne, algo de trufa y dos gotas de vino dulce. La bechamel se ha de hacer aprovechando la grasa que queda en la sartén tras saltear la carne picada, el foie y la trufa. Ya con los canelones en el horno, con el parmesano rallado por encima, a medio tiempo, espolvorearemos por encima un poco de ralladura de trufa.

TOURNEDÓS ROSSINI
Se fríen unas rodajas de pan. Los tournedós, gruesos de al menos dos dedos, se saltean en mantequilla (opcional en aceite). En la misma sartén se calientan unas láminas de trufa negra. Se saltean brevemente tantos escalopes de foie gras fresco como tournedós queramos servir; los "restos" que quedan en la sartén salteados se disuelven (“desglasan”) con un vino ligeramente dulce (Rossini utilizó Madeira, pero se puede hacer con un moscatel), y se deja reducir un poco. Se monta un tournedó sobre cada pan frito, y encima se coloca un escalope de foie gras ya salteado –un dedo de grueso o algo menos– y encima se ponen tres buenas láminas de trufa negra. Finalmente, se rocían con el desglasado, y se sirven. 

La “Comida Humana” de Honoré de Balzac


"El glotón es el sujeto menos estimable de la gastronomía, porque ignora su principio elemental: ¡El arte sublime de masticar!"
Honoré de Balzac

Honoré de Balzac (1799-1850), el gran escritor francés del siglo XIX, siempre dio gran importancia a lo que comían y bebían sus personajes. En cada una de sus  novelas se puede encontrar alguna cita gastronómica y hasta menús y detalladas recetas de lo que comían sus personajes. Evidentemente creía en la máxima de Brillat Savarin: "Dime qué comes y te diré quién eres”, por lo que para él, los gustos gastronómicos de sus personajes también servían como recursos literarios para contarnos más acerca del carácter y personalidad de los mismos.

Balzac es considerado como uno de los grandes maestros de la novela. Como muchos literatos, empezó estudiando derecho en la Sorbona de París, carrera que si bien concluyó, nunca ejerció pues prefirió seguir su pasión por la escritura. Durante toda su vida escribió prolíficamente, dejándonos una extensa obra. Cuando escribía se aislaba por completo, trabajando por más de 15 horas al día y bebiendo ininterrumpidamente hasta 40 tazas de café para luchar contra el sueño y poder dedicarle todo el tiempo posible a sus escritos. En estos periodos se alimentaba solamente de frutas y huevos y solo permitía darse una pequeña interrupción a la hora de la cena, en la que comía algo liviano como consomé, bife, ensalada y un vaso de agua. Cuando finalmente concluía su escrito, pasaba del ayuno a la glotonería, homenajeando a su trabajo concluido y a su estómago disfrutando de opíparas cenas en los mejores restaurantes parisinos. Se podría decir que esta particular costumbre suya era una especie de ramadán literario.

Cuando se entregaba a sus festines gastronómicos no tenía paragón. Un ejemplo muy ilustrativo de uno de sus festines fue descrito por su editor Monsieur Werdet, quien había sido invitado a almorzar con el autor para discutir cuestiones de trabajo. Se encontraron en un restaurante muy caro y chic, el restaurante parisino “Chez Véry”. Como el editor en cuestión había asumido que el escritor pagaría la cuenta, decidió ser considerado con las finanzas de su anfitrión, refrenando su apetito y limitándose a ordenar solo un plato de sopa y alas de pollo. Sin embargo, el autor no puso freno alguno a su apetito. Werdet relata que mientras observaba hambrientamente Balzac comió: “cien ostras de Ostende, doce costillas de cordero, un pato con rabanos, un par de perdices asadas, un lenguado normando, sin contar los entremeses, las frutas, y todo ello regado con los vinos más finos . Tomó luego el café y los licores. Todo engullido sin misericordia. Al acabar su pantagruélica comida me dijo: " A propósito, querido, ¿tiene usted algún dinero? Yo le contesté: sólo llevo unos 40 francos. No necesito más que cinco, respondió. Hice entonces el gesto de recoger algo del suelo y se los pasé. Pidió la cuenta y sin mirarla sacó un lápiz, escribió unas palabras y la firmó. Dio al camarero la moneda de cinco francos como propina y salimos a la calle. Yo estaba intrigado: querido Balzac, le dije ¿qué habeis escrito al pie de la factura? Mañana lo sabréis, me contestó”.

Efectivamente, al día siguiente, Werdet recibió una factura de "Chez Véry" que se elevaba a 62.50 francos, que el editor restó de las ganancias del glotón escritor, incluyendo los cinco francos de propina.

Pero por lo general, Balzac era bastante comedido a la hora de comer. Prefería observar la glotonería en otros antes que practicarla el mismo. Pero a lo que no podía resistirse era a las frutas. Su biógrafo Graham Robb, observó que “se quitaba la corbata, desprendía los botones de su camisa y devoraba gigantescas pirámides de peras y duraznos”.

Balzac se deleitaba ofreciendo cenas temáticas. En una ocasión sirvió a sus comensales un menú basado en cebollas que consistió en sopas de cebolla, puré de cebollas, frituras de cebollas con trufas y hasta jugo de cebolla. Su idea fue la de demostrar a sus comensales las propiedades purgativas de la cebolla. De hecho funcionó. ¡Todos sus invitados se indigestaron!

En su extenso cuerpo de novelas interconectadas de “La Comedia Humana”, la comida juega un papel fundamental como elemento del realismo. En estas novelas abundan las descripciones de cenas y otros deleites gastronómicos. Allí describe con lujo y detalles distintos platos, grandes restaurantes y opíparas cenas y reuniones sociales que sirven como marco para sus variopintos personajes que retratan a la sociedad francesa de su época.

Y es que Honoré de Balzac fue un virtuoso dentro del mundo de la cocina, y su interés por la comida, casi enciclopédico y sus gustos muy refinados. Este hecho llevó a que Fernand Lacre, un comentarista de la época extrajera de entre sus obras una larguísima lista de restaurantes, haciendo con ella una guía que catalogó con estrellas (siguiendo la valoración del propio Honoré), elaborando una especie de precursora de la Guía Michelin, pero a lo Balzac.

Pero en la obra de Balzac no sólo encontramos referencia a restaurantes y banquetes. También dedica tiempo a los deleites culinarios más sencillos y cotidianos, demostrando no solo su alma de gordito sino también sus conocimientos de cocina. En su obra “El Primo Pons” no solo describe como subía hasta el octavo piso el aroma del delicioso estofado que preparaba la portera del primo Pons sino que también detalla la receta: Doraba en mantequilla fundida cebolla finamente cortada a la que añadía una cucharadita de harina. Unía luego con dos cucharadas de vinagre y otras dos de vino blanco, completando con un poco de caldo hasta que todo quedaba cremoso. Ponía luego esa crema en un plato hornero y allí disponía rodajas de buey hervido. Lo recubría todo con la cebolla rehogada y encima, ponía pan rallado con una pelotita de mantequilla. Lo introducía finalmente en el horno y lo dejaba gratinar dulcemente. Antes de servido, lo adornaba con unas hojitas de perejil bien fresco.”Seguramente como al pobre primo Pons, enfermo y hambriento en su pequeña habitación del octavo piso, ya se les habrá hecho agua la boca al leer estas líneas.

Osvaldo Salerno: Entre el filo crítico y la poesía





Nacido en 1952, en Asunción, el artista Osvaldo Salerno inicia de manera autodidacta su experiencia en el arte a mediados de los años sesenta. Como otros artistas de su generación, estudió arquitectura, profesión que nunca ejerció, pues empieza a moverse en distintos ámbitos del quehacer artístico, como artista visual, curador, galerista, promotor cultural, museógrafo del Museo de la Justicia, cofundador y actual director del Museo del Barro. En 2008/9 trabajó en Santiago de Chile como museógrafo de la Primera Trienal de Chile para el diseño de seis grandes exposiciones.

En sus más de tres décadas de producción artística, ha creado obras tan variadas como las tareas que ocupan su tiempo. Ha trabajado la pintura, el grabado, la impresión gráfica, la instalación, el montaje, la construcción de objetos, el video, entre otros medios. A todas sus obras ha sabido incorporarles un elemento crítico y reflexivo que lo instala dentro de las filas del arte conceptual contemporáneo.

En su obra, aborda de manera casi obsesiva, temáticas punzantes que calan hondo en la memoria colectiva latinoamericana. La fuerte carga expresiva y visceralidad de sus obras huye de lo directo, impactando a través de sutilezas irónicas, hondos gestos reflexivos y una siempre elegante depuración estética. En su obra abundan las complejidades, se entrelazan tensiones y se abren ventanas a múltiples lecturas. Salerno conjuga la poesía con la imagen ya sea valiéndose de citas poéticas o literarias o gestando metáforas visuales cargadas de una poesía intrínseca.

Como una especie de poeta visual, a través de la crítica, de la ironía, de la expresión visceral e incisiva mirada sobre la problemática humana, Osvaldo Salerno llama a la reflexión logrando que su obra trascienda fronteras, situándose entre los principales exponentes del arte postmoderno latinoamericano.

¿Qué te llevó al arte?
Yo soñaba con ser músico, pero por circunstancias familiares, no perseguí esa carrera. Empecé a trabajar en artes visuales en los años sesenta. Estudié algo de pintura al principio, y empecé a jugar con materiales pictóricos y con la visualidad. Luego estudié arquitectura. Si bien concluí la carrera, nunca me dediqué a la arquitectura. De hecho, nos graduamos con Marta, mi hermana y Ricardo (Migliorisi) y al terminar la carrera abrimos una pequeña tienda de arte, una suerte de galería liliputizada. Trabajamos juntos durante veinte años, hasta que cada uno se dedicó a ejecutar sus propios deseos pendientes. Yo seguí metido con el –siempre-  incipiente mercado del arte asunceno. Al mismo tiempo en el que trabajaba en este medio me dediqué a producir mi propia obra. Durante los últimos años de la década del setenta, paralelamente, entro a trabajar en la faena de producir museos, cuando en 1979 con Ysanne Gayet y Carlos Colombino creamos el Museo del Barro.

Muchos artistas paraguayos de tu generación también pasaron por la Facultad de Arquitectura. ¿A qué crees se debe este fenómeno?
La oferta educativa  en nuestro país no ofrecía alternativa para pensar arte contemporáneo de manera profesional. Casi todos pasamos por la facultad de arquitectura: Enrique Careaga, Carlos Colombino, Genaro Pindú, Felix Toranzos, Ricardo Migliorisi y otros. En los años setenta, por primera vez pude acceder  a bibliografía sobre arte moderno aunque, muchas veces, los instructores no entendían del todo a qué se estaban refiriendo. La facultad de arquitectura nos ofrecía material teórico y un pensamiento mucho más abierto a cosas más contemporáneas de lo que ofrecían instituciones como la recién creada Escuela de Bellas Artes en ese momento. Tenía un programa más movilizador y sobre todo una comunidad estudiantil que te motivaba más. En términos profesionales era un buen tiempo económico (años itaiputistas)y mucha gente de Asunción empezaba a mirar y comprar arte, era un buen momento para los artistas.

¿Qué te empujó a crear el Museo del Barro junto con Carlos Colombino e Ysanne Gayet?
El medio nos empujó a hacerlo. Al crear el Museo del Barro en 1979 creo que inventamos un microclima, porque Paraguay era irrespirable en ese momento. No sólo se vivía una vida de presión política, sino también una vida muy mediocre. Con la creación de un espacio, destinado a un museo, que nos ocupara la vida, que nos ocupara en pensar el trabajo de los artistas populares, que nos alimentara esa obsesión continua de reunir y clasificar, inventamos una ciudad ideal, un espacio utópico para volver respirable el país. Vivir en un contexto hostil, problemático me movió para crear junto con Carlos e Ysanne este museo. No sé si hoy lo hubiera hecho.
En lo personal, yo tuve un periodo de casi seis años de un total silencio de productividad personal. Fui a estudiar a Europa con una beca en el 77, expuse en Madrid y Barcelona y al volver entré en un periodo de incapacidad productiva. Había adquirido elementos de rigor y de autocrítica muy grandes, y todo lo que intentaba producir yo mismo lo censuraba. Iba descalificando mi propia tarea hasta que llegó un punto en que ya  no podía avanzar en mi obra, por lo que me volqué mucho a la galería y al museo, hacia mediados de los ochenta eso terminó.

¿Cómo es tu proceso creativo?
Creo que el arte existe allí donde hay un problema. Donde todo está bien, donde todo está estupendamente ordenado, no hay necesidad de arte, no hay necesidad de producir sublimación, dirían los sicoanalistas.  En mi trabajo me planteo problemas que surgen visceralmente, me encuentro con ellos y segrego algo que luego se convierte en un objeto o gesto de arte.

¿En tu primeros trabajos de impresión, que originó el salto del objeto a tu propio cuerpo?
Hacia 1969 detecté la idea de la impresión de la huella, imprimiendo objetos reales, camisas, candados, tuercas. Llegó un momento en que me estaba acercando a mi propio cuerpo, porque imprimí mis prendas, imprimí zapatos míos, y ¿qué faltaba? Llegar a mi cuerpo. No reproduciéndolo sino presentándolo como impronta sobre el soporte.
Ropa Sucia

En tu obra suele conjugarse lo visceral con lo conceptual. ¿Cómo se produce esta unión?
 Yo creo que lo poético emerge y se alimenta de las vísceras y pasa después por el registro de la racionalidad a través de la edición. Las vísceras te empujan, te urgen, te obligan a hacer, pero lo que uno da por faena terminada es una obra que pasó por muchos tamices, por largos análisis.

¿Tuviste alguna obra que te haya costado sacarla afuera?
Quizás aquellas donde aparece más frontalmente el tema de la muerte. En mi trabajo siempre hay una pregunta subyacente sobre la muerte.

¿De todos los medios con los cuales trabajás, con cuál te sentís más cómodo?
Manejo varios medios, y me siento muy cómodo con todos ellos, sobre todo porque desde hace varios años trabajo un lenguaje que tiene que ver con la instalación en el cual se manejan muchos medios.

¿Cómo surge tu interés por la instalación?
Quizás se conecta con mi oficio de administrador de museos y de profesional frustrado de arquitectura. Yo vengo imaginando, ejecutando a veces, concretando otras, y frustrando las más de las veces ficciones museales. La idea del espacio de memoria, del espacio donde se reúnen objetos y documentos que juntos relatan algo, me convoca con intensidad. Armar un museo es instalar, es producir un relato para contar. En mi trabajo en los museos siento que produzco instalaciones, ya sea de arte popular, de arte religioso o de arte contemporáneo o referidas a derechos humanos.

¿Qué te llevó a convertirte en curador?
Como soy responsable de una galería de arte, Fábrica, desde hace tres décadas, yo vengo trabajando con artistas vivos con los cuales entro en diálogo permanentemente. Muchas veces estos diálogos son solamente pragmáticos, como qué tipo de enmarcado va a llevar la obra, cómo se colgará la pieza; y muchas veces, incluso, son indagaciones en la interioridad de cada autor. Siempre trabajé así. Inconcientemente fui desarrollando y afilando la mirada de curador. De lo que hoy-contemporáneamente- se denomina curador. Que es el oficio de un gerente-organizador que intenta operar con lo poetico. Esa es una cuestión que fue creciendo en el trayecto, una especie de capacidad como el de una partera chae, y tampoco tengo mucha certeza de que lo sea.

La tortura, la opresión están muy presentes en tu obra. ¿Tuviste alguna experiencia personal que te llevó a abordar esta temática?
No pasé ninguna situación personal de tortura durante el tiempo de la dictadura,  pero ella  nos afectó a todos. En 1989 el Paraguay se abrió a un tiempo de libertades civiles como no tuvo probablemente nunca. Evidentemente la atmósfera que se vivía en Paraguay, era una atmósfera cuya temperatura llegaba a todos. Justamente me tocó en los últimos cinco años trabajar en el Archivo del Terror del Poder Judicial como museógrafo, lo cual no busqué, pero me encontré trabajando en ello. Mi preocupación por el tema de los derechos humanos siempre estuvo vinculada a mi obra, pero no con el rótulo canónico de derechos humanos.

La preocupación política también está muy presente en tu obra.
Sin duda si empezáramos a hacer un inventario, mucha parte de mi obra está atravesada por la preocupación política . Por más de que no soy un militante, creo tener un filo crítico políticamente definido. De hecho, tras los años de silencio e improductividad empecé a interesarme en los grafitis políticos que posteriormente eran censurados a través de tachaduras y sobreescrituras. Los fui registrando fotográficamente y de a poco me puse a pintar los grafittis y su censura. De alguna manera y sin tener conciencia, salí del silencio y auto-censura, abordando en mi obra ideas de pentimento,  tachadura,  borradura y  negación.

¿Cómo surge tu mirada crítica?
Paraguay siempre fue un país que estuvo al margen. Esta marginalidad y esa conciencia de estar fuera (y expectante) de la muralla de la ciudad vedada donde ocurre la historia me dio instrumentos críticos y de sospecha sobre lo que acontecía, incluso con lo que me acontece. El arte es un poco suicida. Permanentemente está construyendo vanguardias con una punta y con la otra  carcome la propia conquista. Sin querer, me coloqué en la fila del arte crítico. Si tomara sólo un aspecto de mis tareas, te puedo decir que llevo tres décadas trabajando como galerista, y conozco muy bien el mercado local, sin embargo no alcanzo a hacer circular mi obra. Esto quizás se debe a que trabajando dentro de este medio, hago una obra de resistencia contra el mismo mercado que a mí me sostiene. El arte más crítico, permanentemente está sospechando sobre la propia producción. En el arte no hay certezas, no hay seguridades.

Las citas literarias son otra constante en tu obra. ¿Qué importancia ocupa la palabra en tu obra?
Uno se encuentra bombardeado por ofertas de vitalidad poética en todas partes, no solo en la literatura, en la prensa, incluso en el cine, y en el día a día. El asunto es tener  el ojo de la serpiente para apuntar sobre la frase, dispararla y extraerla. Soy un poco  cazador. Voy como un flaneur, un oportunista buscando cosas y oportunidades, me sirvo de ellas. No invento nada, lo que hago es combinarlas, establezco diálogos, encontrar un hilo conductor entre las citas y los objetos, pura alcahuetería.
Me apropio todo el tiempo de palabras, de objetos, de obras escritas o hechas por otra gente. Soy un pajaro-abutarda. La cita es un recurrente en mi obra. Específicamente en la instalación La Pileta” de 1999 tomé una frase de Roa Bastos, repitiendo como un castigo escolar la frase: “Salí del encierro oliendo a intemperie”. Yo asocié a la imagen de la pileta, como dispositivo de tortura, a la idea del castigo como si una persona penalizada hubiera estado pagando su culpa bordando esta frase por años.
La Pileta

Otro recurso habitual en tu obra es la inversión de las palabras. ¿Qué buscas al invertir las palabras?
Vengo usando oraciones invertidas desde hace años. En 1999 hice una obra relacionada con el marzo paraguayo en la que puse unos pañuelos donde bordé las fechas de nacimiento y muerte de las  personas que habían matado en la plaza. Al invertir la fecha de muerte, quise  negar el hecho. Lo que trata de hacer el arte es comunicar cosas de una manera no frontal y enigmática. Los artistas buscamos mecanismos indirectos, allí puede –o no- emerger la poesía. El arte  busca- muchas veces- hacer rodeos, engañar y no es para que llegue a todo el mundo.  Al arte no hay que pedirle claridad. El arte intenta dar rodeos, nunca da las cosas de frente, siempre está merodeando desde las sombras, coqueteando. Y esa idea de dificultar el acceso directo es un mecanismo del cual se vale el arte para convocar enigmas y producir lecturas plurales.

¿En qué momento sobreviene el momento conceptual en tu obra?
No sé en que momento mi  obra se carga de la reflexión o del concepto. A mí me alimenta lo que sucede, no fuerzo las cosas. Me impacta una cosa y lo mastico por un tiempo e intento resolver la obra con materiales posibles, un poco como la digestión de las vacas. No busco entablar una crítica para que la sociedad se dé cuenta de un problema, o sino haría periodismo. El trabajo del artista es algo que se mueve con la intuición. Hay un deseo que me empuja, unos problemas que yo vivo y que me instan a crear. Luego viene otro momento del arte, el momento de la reflexión y la edición. El arte intuye, huele cosas, es como un animal ciego que va por el mundo monitoreando cosas. Los que reflexionan sobre el arte son los filósofos, los críticos y los poetas, decía Edith Jiménez. Es un momento que viene después.

¿Qué importancia tiene la poesía en tu obra?
Bastante. El poeta es aquel que indaga la soledad, que indaga la muerte y que indaga la desesperación con la palabra. La poesía trata de ser escueta, usa palabras precisas  produciendo figuras retóricas. Me acerco mucho a la palabra escrita, a la literatura. No me puedo agotar con la visualidad solamente, necesito de la palabra y sus significados, para intentar movilizar lo poético.

¿Qué es una obra de arte?
No todas las obras que hacemos los artistas, o los que creemos que somos artistas, son obras de arte. Son obras de arte aquellas que consiguen abrir una ventana en la muralla más alta. Muchas de las obras que nosotros hacemos son -siempre- intentos fallidos, son búsquedas permanentes para inaugurar mundos.

¿En qué curaduría estás trabajando actualmente?
Desde junio estoy trabajando en una curaduría que se encuentra en el Museo del Barro llamada “Carne”. Empecé a trabajar la muestra con Lía Colombino, como una exposición que planteaba el problema del desnudo y al final la exposición me abrió la posibilidad de trabajarla como una instalación, con obras de otros artistas. Usé obra de todos los artistas muertos/vivos, amigos/no amigos, incluyendo objetos, ropas, trabajando la idea de la carne, la idea de la corporalidad, de su interior, hasta incluí una obra totalmente inmaterial, una grabación de una respiración, obra de Marcos Benítez y sobre todo la palabra incautada.  En estos días me apareció un texto del cineasta Robert Bresson que dice: “….Tu película no está de todo hecha, la hace paulatinamente la mirada, imágenes y sonidos en situación de espera y recelo.” Para mí esta curaduría no es una curaduría concluida, no se terminó con la habilitación de la muestra. Es  una  curaduría en tránsito. Desearía llegar al punto más alto en setiembre en que ya no se pueda ingresar al espacio expositivo por la  acumulación que generó la mirada, incluso las miradas de otros artistas, que continúan sugiriendo obras suyas para la exposición y yo voy buscando el sitio para que esa obra dialogue con la exposición. Me muevo empujado por el horror vacui, buscando siempre, intentando en la oscuridad.

¿Qué es el arte?
El arte es problema. El artista puede llegar a ser un espejo quebrado que refleje en forma fragmentada, pero fundamentalmente es un sujeto con necesidades, carente siempre.

SACÁ TU DIVA INTERIOR

Todas guardamos en nuestro interior una diva oculta con un extraordinario talento para el drama y la exageración. Este alter ego caprichoso y complicado tiende a salir a la luz en momentos de crisis de diversa intensidad. Puede tratarse solo de un inconveniente menor, como que se te rompa una uña; o de algo ya de mayor envergadura, como que te atropelle una chiruza prepotente con alguna injuria.

Algunas de nosotras intentamos contener a nuestra diva interior y en la mayoría de los casos llegamos a dominarla, respirando profundamente y contando hasta 10. Pero hay ocasiones en las que las circunstancias nos obligan a exteriorizarla. Cuando la diva interior hace su aparición, se apodera del cuerpo entero de tal manera, que cada centímetro de piel parece gritar: “¡PELIGRO!” Cuando esto sucede, ya no hay vuelta atrás.

La primera señal de que la diva interior está emergiendo es un repentino destello furioso en la mirada. De ahí en más, una deja de ser lo que era, cualquier rastro de docilidad desaparece para dar lugar a una entidad 100% arisca, llena de confianza y dispuesta a tomar al toro por los cuernos hasta someterlo.

Esta entidad tan segura de sí misma sabe hacer su entrada. Camina con pasos firmes y seguros como si un fotógrafo invisible le estuviera sacando fotos exclamándole “¡ACTITUD! ¡ACTITUD!”. Al entrar a una habitación se apodera de ella con ojos encendidos, zancadas de Giselle Bundchen y pucherito de top. Cuanta persona la mire captará en seguida que hay que tener cuidado con ella, porque con ella no se juega. ELLA es una diva y está a punto de hacer una escena, pues sabe muy bien que nada que valga la pena se logra sin crear conflictos.


Si hay algo que la diva interior no tolera es que la usen de alfombra y mucho menos que invadan su territorio. Cuando se presente algún dilema que merezca la aparición de su diva interior, no la refrenen. Déjenla fluir. Recuerden que tienen todo el derecho del mundo de armar un desmadre por la sencilla razón de que ustedes lo valen. Si Troya tiene que arder, ¡que arda!

La crisis: Te enterás que tu nuevo novio anda hablando con su ex.
Actitud de diva: La regla N° 1 de toda diva es muy sencilla: No se acepta ninguna falta de respeto. Probablemente tu nuevo novio aún no lo ha comprendido, y de seguro que si no se lo hacés comprender bien desde el comienzo nunca aprenderá la lección. Nada de conversarlo con él calmadamente. Esto le abrirá las puertas a que vuelva a cometer la falta e incluso a que  se atreva a cometer faltas mayores. Troya tiene que arder junto con Roma, Nueva York, Chololó y San Pedro de Ycuamandiyú. Armale el escándalo de su vida para que aprenda la lección de que las palabras: comprensiva y permisiva no figuran en tu diccionario. Toda diva sabe marcar muy bien los límites en sus relaciones, así como sabe que toda infracción debe ser correspondida con una reacción ampliamente superior y hasta desproporcionada a los hechos punibles. Si el galán en cuestión reincide a pesar del escándalo que le armaste tené por seguro que este galán nunca aprenderá la lección y seguirá atropellando tu dignidad una y otra vez. Una verdadera diva no perdona reincidencias. Mandalo con moño y todo junto con la ex a Tanganica. Tampoco olviden que una verdadera diva también tiene su lado vengativo. Asegurate de difundir el rumor de que lo dejaste porque era malísimo en la cama y devolvele la delicadeza mostrándote por todas partes con tu ex la noche misma en que lo dejaste.

La crisis: Alguien está esparciendo un chisme sobre vos.
Actitud de diva: Solo hay una forma de encarar este dilema: confrontación. Investigá hasta llegar directamente a la fuente original del chisme y confrontala cara a cara como digna diva que sos. Con compostura y altivez y tu mejor pose de diva intimale a la conventillera a cerrar la bocota dejándole bien clarito que sabés de fuente segura que anda diciendo tal y tal cosa de vos y que si no para le vas a querellar por difamación y calumnia con Gilda Burgstaller.

La crisis: Una blonda farmacéutica está acosando a tu novio en una discoteca.
Actitud de diva: ES-CAN-DA-LO. Este tipo de situaciones ameritan el surgimiento de tu UBER DIVA INTERIOR. Toda verdadera diva sabe elegir muy bien sus batallas, y ninguna blonda de cuarta merece una pelea pública, por lo que es fundamental que pongas todo tu empeño en que tus acciones parezcan accidentales. Agarrá tu bebida o la primera champañera que encuentres a tu alcance y aprovechando la excusa de los stilletos inmensos que seguramente tenés puestos, simulá un tropezón estrepitoso asegurándote de vaciar el contenido en la blonda en cuestión. No hay mejor manera de enfriar a una blonda en celo. Por supuesto tenés que asegurarte de fingir penita para evitar que la gata se te eche encima y con cara y tono de mosquita muerta decile: “¡Ay… fue sin querer!” Y luego asegurate de dejar la escena del delito… con tu novio OBVIAMENTE!!!

La Crisis: No le podés ver ni en figurita al mejor amigo de tu novio.
Actitud de Diva: Ponele la firma de que el desamor es recíproco. Una verdadera diva sabe que sus instintos nunca fallan. Si no le podés ver al susodicho, es por algo. Pero nada de manifestarle a tu novio que pensás que su BFF es más pesado que vorí vorí de uranio. La mejor manera de encarar la situación a lo diva es la de librar una batalla silenciosa. Aplicá la psicología inversa y comentale constantemente lo atractivo que te parece su mejor amigo. Asegurate de aprovechar cuanta ocasión tengas para que te oiga comentándole también a tus amigas que el plaga en cuestión está como quiere. Si a tu novio no le entra bala, aplicá el comentario infalible: “Con el único de tus amigos con el que saldría con gusto es con fulanito”. Tu novio terminará por convencerse de que su mejor amigo es un rival en potencia y evitará frecuentarlo cuando está contigo, liberándote así del suplicio.

La Crisis: Tu nuevo novio muestra signos de tacañería.
Actitud de Diva: No hay nada tan poco glamoroso como tener un novio tacaño. De seguro esta situación límite hará surgir instantáneamente a tu diva interior. La mejor manera de lidiar con esta situación es la de curarle de espanto. Si cuando llega la cuenta empiezan a sonar los grillos antes de que saque su billetera que ni se te ocurra ni amagar pagar la cuenta. Con voz firme y segura decile que en tu cartera solo llevás maquillajes y tu celular y que si sigue haciéndose el ñembotavy vas a usarlo para llamar un taxi.

La crisis: Tu novio anda haciéndote escenillas de celos.
Actitud de Diva: Sólo hay lugar para una sola diva en una pareja. Si tu novio empieza a ser más escandaloso que vos es momento de que saques a tu diva interior y pongas freno a esta situación. Nada de achicarte e intentar tranquilizarlo deshaciéndote en explicaciones. Decile que tiene que agradecer de estar con una regia como vos y si quiere seguir gozando de tu espléndida compañía, más le vale que deje de imaginar cosas y hacerte perder el tiempo con sus crisis imaginarias, que suficiente ya tenés con las tuyas. Si la escenilla es telefónica decile que estás cansada y que te llame cuando se le pase la locura y cortale el teléfono antes de que tenga tiempo de contestarte nada. Si la escenilla es en vivo y en directo aplicá la ley de hielo e ignóralo con frialdad absoluta ofendiéndote veinte veces más que él y dejándolo plagueándose solo mientras pegas la media vuelta.

La crisis: Una indeseable critica tu apariencia.
Actitud de Diva: Lastimosamente en el mundo abundan las desbocadas que siempre están listas para emitir críticas o comentarios desagradables. Una verdadera diva siempre tiene una respuesta ácida para todo comentario necio. Nada de dejar pasar el comentario y menos aún de acomplejarse. Ponele a la indeseable en su lugar devolviéndole la gentileza. Si te baja un comentario del tipo: “estás más gordita” contestale en el acto: “y vos cada día más fea y desagradable” o “Por suerte puedo hacer dieta, pero tu cara no tiene remedio.” Si te dice que tu nuevo corte no te favorece, respondele que su cara tampoco. Una diva siempre contraataca con inteligencia, rapidez y golpes de gracia.





































martes, 7 de septiembre de 2010

DIAMANTE O DIAMANTE EN BRUTO – LA GUIA DE NICOLETTA PARA ELEGIR A TU FUTURO MARIDO





La mayoría de las mujeres sabemos muy poco de geología y menos aún de mineralogía. Sin embargo, al tratarse de diamantes, podemos dejar boquiabiertos a nuestros interlocutores con nuestros conocimientos técnicos sobre quilates, claridad, pureza, dureza, color y cortes. Lo que sucede es que amamos los diamantes con todo nuestro corazón. Su brillo nos hipnotiza y nos hace delirar de deseo. Si bien los diamantes en bruto nos impresionan por su grandeza, como aún no están cortados y tallados no tienen el brillo suficiente como para hacernos entrar en ese trance que nos producen sus versiones más pequeñas pero más llamativas. Por más de que un diamante en bruto tiene un potencial enorme para resplandecer en  un sinfín de posibilidades, no llegan a llamar nuestra atención como sus versiones menores de la alta joyería.

Los diamantes, piedras protagonistas de los anillos de compromiso soñados por toda las novias, son la analogía perfecta para referirnos a quienes los colocan en sus deditos anulares: los novios.

NOVIOS ZIRCONES: Antes que nada, creo conveniente empezar esta guía con una advertencia: NO OS DEJEIS EMBAUCAR CON VULGARES ZIRCONES. Los diamantes, como todas las cosas regias de la vida, tienen sus burdas imitaciones. No dejen que les vendan gato por liebre, o mejor dicho zircón por diamante. Recuerden que las apariencias engañan y si bien los novios zircones te pueden encandilar tanto como un auténtico diamante, en el fondo son tan truchos como las carteras Louis Trouchón que venden en el mercado. ¡Por favor no caigas en el error de confundir un Trucci por un Gucci!

Los novios zircones son pura pinta, son maestros en el arte del engaño y magísteres embaucadores.  Parecen buenos, inteligentes, comprensivos, fieles, serios, trabajadores, de buena familia, eré eréa y pueden llegar a mantenerte engañada por años sobre sus nobles cualidades. Su brillante apariencia esconde bajezas e impurezas de oculto mamarracho. Este tipo de novios pasa por nuestra vida causando estragos. Decir que rompen nuestros corazones es un eufemismo, ya que lo acribillan, lo mutilan, y hacen picadillo con lo que queda para luego tirarlo de comida a los perros. Obviamente este tipo de novios pueden dejar a una seriamente traumatizada, haciéndola dudar hasta de a bondad de Lassie. Mi consejo: ¡Rezá para que aparezca un tasador experto que te rompa la burbuja o que tus propios ojitos se den cuenta del fraude antes de que sea demasiado tarde!

NOVIOS STRASS: El novio strass es peor que el zircón, ya que al menos el zircón tiene buena pinta. Como no pueden engañar ni aun ojo inexperto, ni siquiera hacen el esfuerzo de aparentar. Como toda baratija, se les nota el Petirossi por donde se los mire. Su amplia lista de defectos afecta a cada aspecto de su persona, desde su apariencia, carácter y hasta personalidad. Estos mamarrachos suelen venir con combo defectivo en combinaciones: feo/maleducado; farrista/ haragán; mujeriego/ caradura; farrista/ mujeriego; haragán/ maleducado; feo/ caradura, etc. En el peor de los casos presentan un potpurrí de defectos que los hacen francamente impresentables. Son los novios que queremos borrar de nuestro pasado ya que representan el peor faux pas de nuestra existencia.

Como son odiados por nuestros familiares y amigos, generalmente llegan a nuestra vida por algún acto de rebeldía que podemos llegar a lamentar. Conocemos muy bien sus defectos ya que éstos saltan a la vista al minuto de conocerlo. Sabemos que son valles desde el momento que nos dicen: “¡me encanta Versassshe!”, salpicándonos con su saliva a través de su diente de oro; pero aún así terminamos vinculadas a ellos por alguna misteriosa razón que resulta inexplicable hasta para nosotras mismas. Los novios strass suelen suplir a los novios zircones, que nos dejan con la autoestima tan baja, que preferimos seguir la máxima de: “peor mal conocido que mal por conocer”. Afortunadamente este tipo de novios suele ser transitorio y el único estrago que dejan tras su breve paso por nuestros corazones es la burla anecdótica repetida por tus amigos hasta el hartazgo. Mi consejo: No dejes que la roncha alérgica de su mala calidad se extienda demasiado, ya que puede afectar tremendamente a tu reputación. Un novio strass solo debe durar un par de meses y jamás debe adquirir un status superior a un fling pasajero. Cuando lo deseches, negalo a muerte hasta a tu propia madre y asegurate de que su paso por tu vida no deje evidencias: ¡nada de cometer el terrible error de dejarte fotografiar con el mamarracho strass para una página de sociales! Big No-No!!!

NOVIOS DIAMANTES EN BRUTO: Los diamantes en bruto son esos chicos a quienes ignoraste en tus épocas de colegio o facultad porque no eran lo suficientemente churros o cool como para asomarse a tu regitud. Evidentemente algún defecto estúpido afectó tu claridad visual o simplemente te fallaron tus instintos. Son los novios o pretendientes que una lamenta haber dejado partir. El diamante en bruto puede ser algo nerd, algo feíto, algo vairito o el popular “demasiado bueno ya” (porque la mayoría de las mujeres tenemos un gen masoquista que hace que nos repelan los chicos demasiado buenos), pero indudablemente todos ellos tienen un potencial tremendo que generalmente aflora cuando ya es demasiado tarde. Imagínense a un Bill Gates adolescente, con gafas y menos onda que flequillo chino, perdidamente enamorado de alguna regia de la secundaria que no le daba ni la hora pues ignoraba que aquel chico nerd pero brillante era el diamante en bruto que se arrepentiría de por vida de haber rechazado. ¡Seguramente se habrá querido hacer el harakiri de la rabia!

Los mayores atractivos del diamante en bruto son su nobleza y maleabilidad. Como son diamantes en su estado más puro, tienen un enorme potencial para brillar. El hecho de que aún se los puede pulir a voluntad, permite que le des la forma que mejor se adapte a tu gusto. Puede tener algún micro defecto que te haga dudar, pero una chica entendida debería saber el enorme potencial que tiene un diamante en bruto. Por ejemplo, si es ceceoso y te dice “zoz mi corazonzito”, pero en el fondo tiene un corazón de oro que le da un excelente potencial para ser un súper papá, un compañero fiel y una pareja dulce y comprensiva, ¡trágate el seseo mi reina! Mi consejo: Tampoco es el caso de que te pongas a pulir una piedra con carbono, convencida de que tiene el potencial de convertirse en diamante. Hay límites para saber hasta cuan en bruto puede estar tu diamante. Pero si tiene un corazón noble, te da seguridad, tiene buenos valores, es una persona que siempre hace lo correcto (por lo que no tenés que preocuparte que te convierta en venado por los cuernos), es trabajador, emprendedor y te hace sentir como la persona más importante del universo…. ¡No lo dejes escapar por más nerd que sea!

NOVIOS DIAMANTES: Los novios diamantes son casi perfectos. Digo casi, porque todas las mujeres inteligentes sabemos que el hombre perfecto es tan irreal como el jasy jateré; pero digamos que estos chicos están cerca, muy cerca de la perfección. Si bien pueden tener alguna mínima impureza, ésta es tan diminuta que ni se les nota, y estamos más que dispuestas a pasarla por alto. Sus atributos varían según lo que cada mujer espera de su novio ideal. Todas sabemos que cada mujer tiene su preferencia en lo que a hombres se refieren. El novio diamante es aquel hombre que llena casi todas tus expectativas.

Una mujer puede buscar un novio que tenga sentido del humor, sea dulce y buen compañero, otra puede buscar un hombre que sea churro, millonario y romántico, y otra puede buscar uno que sea inteligente, emprendedor, familiero y fiel. Cuando una mujer conoce a un hombre que reúne todos sus requisitos, sabe muy bien que encontró a su media naranja, al novio diamante con el que quiere compartir el resto de su vida. Pero ojo, si su lista de requisitos es más larga que lamento de zurdo inconformista, lo más probable es que NUNCA encuentren a su novio diamante. Mi consejo: Esta bien que tengas expectativas altas, pero no abuses. Si estás buscando un novio churro, alto, varonil, con buen lomo, clon de George Clooney, millonario, regalón, generoso, noble, inteligente, con sentido del humor, de buena familia, conversador, honesto, emprendedor, fiel, familiero, dulce, compañero, religioso, cariñoso, romántico, sensible, comprensivo, justo, atlético, fino, creativo, alegre, optimista, solidario, y que encima escriba poesía, toque la guitarra, ame bailar y cocinar, se vista bien, ame la literatura, tenga buen gusto y hable con acento francés y sea un potro en la cama, preparate para buscarlo sin éxito por el resto de tu vida, porque lo que estás buscando simplemente ¡NO EXISTE!